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Por qué la naturaleza nos impulsa a engordar

Fructosa, ácido úrico, insulina: ¿y si la grasa fuera un antiguo programa de supervivencia activado por la alimentación moderna?

Auteur : Laurent Glatz Publié : 2026-05-03 Catégorie : Metabolismo

por Laurent Glatz – para Athletic Carnivore

La obesidad quizá no sea simplemente un desliz. En muchos casos, podría ser un programa biológico antiguo que el entorno moderno mantiene activado de forma permanente.

Esto es lo que hace que el tema sea tan inquietante. Podemos seguir repitiendo que las personas engordan porque comen demasiado y se mueven muy poco. Esta frase tiene la ventaja de ser corta, moralista y tranquilizadora para quien la pronuncia. Pero explica poco por qué tantas personas tienen hambre constantemente, almacenan fácilmente grasa, pierden músculo, se fatigan rápido, desarrollan resistencia a la insulina y quedan atrapadas en un cuerpo que parece funcionar en su contra.

La verdadera pregunta no es solo: ¿cuántas calorías entran al cuerpo? La verdadera pregunta es: ¿qué señal biológica activan esas calorías?

La grasa como estrategia de supervivencia

En la naturaleza, la grasa no es un error. Es un seguro de vida. Un animal que debe sobrevivir al invierno, migrar, hibernar o atravesar un período de hambruna tiene interés en acumular energía rápidamente. Tiene interés en sentir hambre. Tiene interés en ralentizar su gasto energético. Tiene interés en volverse temporalmente más resistente a la insulina para dirigir los combustibles hacia el almacenamiento.

En el oso antes de la hibernación, en ciertas aves migratorias, en animales sometidos a estaciones de escasez, este mecanismo es lógico. El cuerpo activa un modo supervivencia: come más, almacena más rápido, ahorra energía y protege sus reservas. En este contexto, engordar no es una patología. Es una adaptación.

El problema surge cuando este programa, diseñado para períodos raros y limitados, permanece activado todos los días.

Esta es la hipótesis defendida desde hace varios años por el Dr. Richard Johnson alrededor del “interruptor de supervivencia”. Según esta interpretación, ciertos nutrientes modernos, en particular la fructosa y los carbohidratos refinados, pueden activar vías metabólicas que le dicen al cuerpo: prepárate para la escasez.

Pero el invierno nunca llega. Las despensas están llenas. Las bebidas azucaradas están disponibles todo el año. Los postres, cereales, jugos, snacks y harinas se han vuelto permanentes. La señal de escasez se enciende en un mundo de abundancia.

La fructosa no cuenta la misma historia que la glucosa

La fructosa durante mucho tiempo se presentó como un azúcar “más natural” porque proviene de las frutas. Esta lectura es demasiado simplista. La biología no juzga un azúcar por su imagen cultural, sino por su destino metabólico.

La glucosa puede ser utilizada por muchos tejidos. La fructosa, en cambio, es mayoritariamente procesada por el hígado. Su metabolismo consume rápidamente ATP, la energía celular inmediata, lo que puede crear una señal paradójica de déficit energético. En otras palabras, aunque el organismo recibe energía, ciertas células interpretan el mensaje como una disminución de disponibilidad.

Esta señal puede favorecer el hambre, la lipogénesis hepática, el aumento del ácido úrico, la resistencia a la insulina y el almacenamiento. No es solo una cuestión de “azúcar que engorda”. Es una cuestión de mensaje celular.

En un contexto ancestral, una fruta muy dulce al final del verano podía anunciar una temporada de escasez. El cuerpo tenía interés en transformar esa señal en reserva. En el mundo moderno, el mismo mecanismo se distorsiona: jugos de frutas, refrescos, jarabes, pasteles, salsas industriales, cereales, productos “saludables” azucarados. El cuerpo recibe la señal de preparación para la hambruna sin nunca enfrentarla.

El cuerpo puede fabricar su propia fructosa

Lo más inquietante es que la fructosa no solo proviene de lo que comemos directamente. Cuando la glucemia sube mucho, una vía llamada vía de los polioles puede convertir parte de la glucosa en fructosa dentro del cuerpo.

Esto cambia toda la interpretación. No basta con culpar solo al azúcar de mesa o al jarabe de maíz. Una alimentación muy rica en almidones digestibles, pan, pasta, arroz, papas, cereales y productos refinados también puede, en ciertos perfiles metabólicamente vulnerables, alimentar indirectamente esta lógica.

Aquí es donde muchos dejan de entender su cuerpo. Dicen: “No como tanto azúcar.” Quizá. Pero si viven con una alimentación que mantiene la glucemia alta, insulina frecuente y el hígado bajo presión, la señal metabólica permanece activa.

El cuerpo no lee los lemas “azúcar natural”, “fécula integral” o “energía saludable”. Lee la carga, el contexto, la frecuencia, el estado del hígado, la insulina, el cortisol, la masa muscular, el sueño y la inflamación.

Ácido úrico, hambre y bloqueo metabólico

El ácido úrico suele reducirse a la gota. Eso ya es importante, pero no suficiente. En el modelo del interruptor de supervivencia, se convierte en un actor metabólico: una señal capaz de amplificar el estrés celular, la resistencia a la insulina, la presión arterial y el almacenamiento.

La fructosa aumenta la producción de ácido úrico. El ácido úrico puede alterar la función mitocondrial. Las mitocondrias producen menos energía. El cuerpo interpreta este déficit como un peligro. El hambre aumenta. El gasto disminuye. El almacenamiento se vuelve más probable.

Es un ciclo. No una simple suma de calorías.

Y este ciclo explica por qué algunas personas sienten que viven en un cuerpo que pide más de lo que debería. El problema no es necesariamente la voluntad. A veces es un terreno metabólico que funciona como si el invierno siempre llegara mañana.

El enfoque Athletic Carnivore: reducir la falsa señal de escasez

Aquí es donde el enfoque Athletic Carnivore se vuelve interesante: no solo pregunta qué alimento es bueno o malo, sino qué desencadena ese alimento en ti.

Una base carnívora o low carb bien construida elimina gran parte del ruido: menos fructosa, menos carbohidratos refinados, menos picos glucémicos, menos insulina repetida, menos hambre reactiva. El cuerpo puede entonces dejar de recibir constantemente el mensaje “almacena, ahorra, prepárate”.

La dieta del león, en esta lógica, no es una postura extrema. Es un reinicio alimentario: carne de rumiantes, sal, agua. Pocas variables. Pocas señales contradictorias. Una forma de ver si el cuerpo recupera una lectura más simple del hambre, la energía y la saciedad.

No todos necesitan ser estrictos. Pero muchos necesitan entender qué les dice el azúcar, las frutas modernas, los jugos, los almidones y los productos procesados a su metabolismo.

La verdadera pregunta no es entonces: ¿por qué no puedo perder peso? Es más profunda: ¿por qué mi cuerpo sigue creyendo que debe almacenar como si viviera en la escasez?

Si nuestro entorno moderno sabe cómo activar un interruptor de supervivencia, entonces el primer paso no es castigarse. Es dejar de presionarlo.

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