por Laurent Glatz – para Athletic Carnivore
Un atleta de 70 kilos con 10 kilos de masa grasa tiene aproximadamente 90,000 kilocalorías almacenadas en forma lipídica. Su glucógeno total representa apenas unos pocos miles de kilocalorías. El contraste es contundente. La fisiología humana está diseñada alrededor de un enorme depósito energético, pero la nutrición deportiva moderna sigue pensando como si el rendimiento dependiera de una recarga casi constante de carbohidratos.
Es precisamente aquí donde el tema de los deportistas low carb se vuelve interesante. No porque confirme una moda alimentaria, sino porque expone una contradicción biológica. Cuanto más grandes son las reservas lipídicas, más extraño resulta observar atletas incapaces de mantener su esfuerzo, concentración o estabilidad energética sin recargar constantemente con carbohidratos. El problema no es el glucosa en sí. El problema es la dependencia del glucosa como único modo de gestionar el rendimiento.
Los perfiles low carb no provienen de un solo universo
Los deportistas mundialmente conocidos asociados a un enfoque low carb no provienen todos del mismo ámbito. Encontramos perfiles de resistencia extrema como Zach Bitter, figuras de la aventura como Sami Inkinen, atletas de ultra resistencia y trail, luchadores, practicantes de fuerza y personalidades del automovilismo o la preparación física que han reportado públicamente beneficios ligados a una reducción marcada de carbohidratos.
Esta diversidad impide las caricaturas. El low carb no es exclusivo para sedentarios que buscan perder peso, ni es automáticamente incompatible con el alto rendimiento. Por el contrario, atrae perfiles enfrentados a necesidades muy específicas: estabilidad energética, recuperación, control de la composición corporal, reducción de la inflamación percibida, mejor tolerancia digestiva, gestión más estable del apetito y claridad mental bajo presión.
¿Rendimiento inmediato o rendimiento duradero?
La creencia popular sigue siendo rudimentaria. Afirma que un deportista que rinde debe vivir con un alto flujo de carbohidratos, bajo riesgo de colapsar. Esta creencia confunde dos realidades distintas.
Por un lado, existen esfuerzos donde la glucólisis rápida juega un papel central, especialmente en intensidades muy altas, repetidas o explosivas. Por otro lado, está el organismo completo que debe recuperarse, dormir, regular el hambre, limitar la inflamación, preservar el tejido magro, sostener el cerebro y repetir el entrenamiento semana tras semana.
Una estrategia nutricional puede perfectamente alimentar un esfuerzo agudo mientras deteriora el terreno general. Ahí suele estar la fractura entre rendimiento inmediato y rendimiento duradero.
La insulina y la dependencia de la recarga
La insulina es la primera variable a observar. Su función no es solo bajar la glucemia. Es una hormona de almacenamiento y distribución energética. Cuando permanece frecuentemente elevada, el acceso al tejido adiposo se reduce, la liberación de ácidos grasos se frena y el atleta se vuelve mecánicamente más dependiente del aporte externo de carbohidratos o de sus reservas limitadas de glucógeno.
Cuanto más se instala esta dependencia, mayor es la sensación de falta de energía en ausencia de carbohidratos. Este fenómeno suele interpretarse como una prueba de que el cuerpo “necesita” carbohidratos. En realidad, refleja principalmente una baja flexibilidad metabólica.
Los deportistas low carb más convencidos describen precisamente lo contrario tras la adaptación. No hablan solo de delgadez o definición. Hablan de una energía más regular, de un hambre menos intrusiva, de la capacidad para entrenar sin organizar todo el día alrededor de snacks, de un confort digestivo superior y de una recuperación percibida como más limpia. Este vocabulario no es casual. Refleja una reducción de las oscilaciones glucémicas, por tanto de las variaciones bruscas en la secreción de insulina, y una mejor capacidad para oxidar grasas tanto en reposo como en esfuerzo submáximo.
Cortisol, leptina, grelina: el terreno invisible del rendimiento
El cortisol merece la misma atención. Esta hormona es indispensable para la adaptación al estrés, la movilización energética y el estado de alerta. Pero un atleta moderno suele acumular múltiples fuentes de carga: volumen de entrenamiento, intensidad, déficit calórico, restricción del sueño, presión profesional, competiciones, viajes.
Cuando a esto se suma una alimentación que mantiene fluctuaciones rápidas de glucemia y una necesidad frecuente de relanzar la alimentación, se genera un terreno donde el estrés metabólico y el estrés neuroendocrino pueden reforzarse mutuamente. En algunos perfiles, la reducción de carbohidratos mejora la claridad de las señales internas, disminuye los antojos, limita episodios de somnolencia postprandial y aligera esta presión. En otros, especialmente si la restricción es mal manejada, demasiado brusca o asociada a un déficit energético, el cortisol puede aumentar.
Ese es el punto clave. El low carb no es una virtud moral. Es una palanca fisiológica que debe analizarse según el contexto, la carga, la tolerancia individual y el tipo de esfuerzo.
La leptina y la grelina iluminan aún mejor el terreno. La leptina transmite una señal de disponibilidad energética. La grelina impulsa la ingesta alimentaria. En un entorno alimentario rico en productos hiperpalatables, con alta densidad energética, rápidamente absorbidos y a menudo pobres en saciedad real, estas señales se vuelven confusas. El deportista termina comiendo no según sus necesidades, sino según un hambre amplificada por la propia variabilidad metabólica.
Muchos atletas que reducen fuertemente los carbohidratos describen una estabilización del apetito. No es solo un confort. Es una variable de rendimiento. Un organismo que pide menos correcciones alimentarias, que soporta mejor los intervalos entre comidas y que gestiona más limpiamente su saciedad es un organismo más sencillo de pilotar.
La adaptación no se decreta
En el plano metabólico, la distinción mayor es esta. La glucosa proporciona energía rápidamente disponible. Los lípidos ofrecen una energía potencialmente inmensa, pero a condición de que el organismo esté entrenado para acceder a ella eficazmente. Esta adaptación no se decreta. Requiere tiempo.
Por eso el low carb suele ser mal juzgado. Las primeras semanas pueden acompañarse de una caída en el rendimiento, sensación de piernas vacías, disminución de la capacidad para sostener ciertas intensidades y un marcado malestar subjetivo. Muchos concluyen entonces que el enfoque fracasa. En realidad juzgan una fase de transición donde el sistema antiguo ya no se alimenta igual mientras que el nuevo aún no está plenamente operativo. Biológicamente es coherente. Estratégicamente suele estar mal gestionado.
Los deportes más coherentes con el low carb
Los perfiles de atletas low carb más coherentes aparecen con claridad. Los deportes de resistencia prolongada son los candidatos evidentes. Cuanto más dura el esfuerzo, más relevante se vuelve la economía del glucógeno, más valiosa la capacidad para oxidar grasas. En este marco, el low carb no es una provocación. Es una lógica energética.
Los deportes de combate, las disciplinas con categorías de peso, ciertas formas de preparación física y contextos donde el control inflamatorio o digestivo es central también representan terrenos favorables. En cambio, las disciplinas donde la repetición de esfuerzos supramáximos depende mucho de la glucólisis rápida plantean una cuestión más delicada. El low carb puede mejorar la estabilidad general, la composición corporal o el confort digestivo, pero no elimina la necesidad de glucógeno cuando una intensidad muy alta debe repetirse frecuentemente.
Los verdaderos puntos en común
Aquí el estudio de perfiles se vuelve más interesante que el debate ideológico. Los atletas low carb mundialmente conocidos no practican todos la misma disciplina, pero comparten puntos biológicos comunes. Buscan una mejor estabilidad energética. Quieren reducir las variaciones del hambre. Dan gran importancia a la recuperación subjetiva y objetiva. Toleran mal las montañas rusas glucémicas. Quieren limitar la fricción digestiva o inflamatoria. Buscan hacer el organismo más predecible.
En resumen, cambian la prioridad. En lugar de preguntar solo cuántos carbohidratos pueden mejorar un esfuerzo, preguntan cuántos carbohidratos les cuestan, en veinticuatro horas, en siete días, en toda una temporada.
Esta pregunta incomoda porque expone los límites de las recomendaciones estándar. El modelo dominante sigue distribuyendo carbohidratos como respuesta casi universal a la carga de entrenamiento. Piensa sobre todo en términos de llenado de glucógeno, disponibilidad inmediata de combustible y rendimiento agudo. Habla mucho menos de las consecuencias sistémicas de una estrategia alimentaria sobre el apetito, el sueño, la inflamación, la tolerancia digestiva, la fatiga decisional, la simplicidad logística o la calidad de la recuperación. Sin embargo, el rendimiento real nunca se limita a un sustrato. Depende de un sistema completo.
Las observaciones clínicas y de campo convergen en un punto. Una glucemia más estable reduce a menudo los picos energéticos. Una insulinemia menos frecuentemente elevada mejora el acceso a las grasas almacenadas. Una alimentación más saciante puede reducir las ingestas compulsivas. La reducción de ciertos alimentos ultraprocesados disminuye mecánicamente la exposición a un entorno que favorece la sobreconsumo, el malestar digestivo y las señales inflamatorias.
Todos estos elementos no implican que un atleta deba volverse estrictamente cetogénico. Indican que un alto nivel de dependencia de carbohidratos no es sinónimo de superioridad fisiológica.
Lo que revelan los deportistas low carb
A corto plazo, el low carb puede perturbar el rendimiento si la transición es precipitada, si la ingesta proteica es insuficiente, si se descuidan los electrolitos o si la carga de entrenamiento permanece igual a pesar del cambio en el sustrato principal.
A largo plazo, en atletas que se adaptan bien, los beneficios más observados son menos espectaculares que fundamentales: mejor regularidad, saciedad más confiable, energía más lineal, gestión corporal más sencilla, menor dependencia de snacks, percepción reducida de inflamaciones o molestias recurrentes. No son detalles. Son las condiciones biológicas que permiten rendir con frecuencia, no solo ocasionalmente.
El error más común sigue siendo hacer la pregunta equivocada. Se pregunta si los deportistas low carb prueban que los carbohidratos son inútiles. Ese no es el tema. El verdadero tema es entender por qué un número creciente de atletas competitivos busca restaurar una flexibilidad metabólica que una nutrición deportiva demasiado uniforme a veces ha debilitado.
No solo buscan correr con menos carbohidratos. Buscan recuperarse con menos inflamación, comer con más saciedad, entrenar con más estabilidad y reducir el ruido fisiológico permanente que a menudo acompaña las estrategias alimentarias centradas en la recarga continua.
En el fondo, los deportistas low carb mundialmente conocidos no demuestran que exista una única forma correcta de alimentar el rendimiento. Revelan algo más incómodo. El éxito deportivo no siempre es efecto de una nutrición óptima. A veces es el efecto de un organismo suficientemente talentoso para compensar una estrategia alimentaria mediocre.
Cuando atletas de alto nivel ganan en estabilidad, claridad y robustez reduciendo lo que se presentaba como indispensable, la pregunta ya no es si son atípicos. La pregunta es cuántos deportistas siguen obedeciendo recomendaciones diseñadas para alimentar el esfuerzo, pero no necesariamente para proteger el sistema que debe soportarlo.
Discusión sobre este artículo
Haz una pregunta o añade tu opinión directamente debajo del artículo. El comentario aparece en la página y podrá eliminarse desde el área de administración si hace falta.
Todavía no hay comentarios publicados. Empieza la discusión.