por Laurent Glatz – para Athletic Carnivore
En 2018, un equipo de investigadores de la Mayo Clinic identificó un mecanismo clave en la liberación de serotonina intestinal. Su descubrimiento se centra en una estructura microscópica llamada Piezo2, un canal iónico sensible a fuerzas mecánicas.
En otras palabras: un sensor de presión.
Este hallazgo arroja luz sobre un fenómeno que los fisiólogos habían observado durante mucho tiempo. Cuando los alimentos llegan al intestino, ciertas células liberan grandes cantidades de serotonina.
Pero no es ni el sabor de los alimentos ni su composición química lo que desencadena este fenómeno.
Es la presión física de la digestión.
El 95 % de la serotonina proviene del intestino
Para entender la importancia de este descubrimiento, es fundamental recordar un hecho biológico esencial: aproximadamente entre el 90 y el 95 % de toda la serotonina del cuerpo humano se produce en el intestino, no en el cerebro.
Esta producción ocurre en células especializadas llamadas células entero cromafines. Estas recubren la mucosa intestinal y constituyen una de las principales interfaces entre el sistema digestivo y el sistema nervioso.
En su membrana se encuentra el canal Piezo2. Cuando la pared intestinal se estira por la llegada de alimentos, la membrana celular se deforma. Esta deformación abre el canal. Iones entran entonces en la célula, generando una señal eléctrica interna que desencadena la liberación de serotonina.
Así, la digestión se convierte en un fenómeno no solo químico, sino también mecánico.
La presión activa la química
Cada movimiento de los alimentos en el intestino ejerce presión sobre los tejidos digestivos. Esta presión activa los mecanorreceptores Piezo2. Las células entero cromafines liberan serotonina.
La consecuencia es inmediata: la serotonina activa el sistema nervioso entérico, a veces llamado el segundo cerebro. Esta red neuronal ubicada en el intestino contiene alrededor de 500 millones de neuronas y controla la motilidad digestiva.
La serotonina actúa como un mensajero. Estimula las contracciones musculares del tubo digestivo, coordina el peristaltismo y permite el avance de los alimentos en el intestino.
Sin esta señal química, la digestión se volvería lenta y caótica.
Una molécula digestiva, mecánica y metabólica
La serotonina intestinal no se queda solo en el intestino. Parte es captada por las plaquetas sanguíneas y circula por el organismo. Participa en la regulación vascular, la comunicación inmunitaria y ciertas señales metabólicas.
Este mecanismo también contribuye al eje intestino-cerebro, esa comunicación permanente entre el sistema digestivo y el sistema nervioso central a través del nervio vago y varias vías hormonales.
En otras palabras, parte de lo que llamamos estado de ánimo podría estar influenciado indirectamente por lo que sucede en nuestro tubo digestivo.
¿Qué cambia la alimentación?
Esta realidad plantea una pregunta que la ciencia apenas comienza a explorar: ¿qué ocurre cuando la alimentación cambia radicalmente, como en las dietas bajas en carbohidratos o carnívoras?
En una dieta rica en carbohidratos y fibras vegetales, el volumen intestinal suele ser mayor. Las fibras absorben agua, aumentan la masa del bolo alimenticio y provocan una distensión más pronunciada del intestino. Esta distensión puede activar intensamente los mecanorreceptores Piezo2.
En una alimentación carnívora o muy baja en carbohidratos, la digestión funciona de manera diferente. Las proteínas y grasas se digieren más eficientemente en el intestino delgado y generalmente dejan menos residuos voluminosos en el colon.
El volumen mecánico puede ser menor.
Pero la relación con la serotonina es mucho más compleja que este simple factor. La producción de serotonina también depende del triptófano, un aminoácido esencial presente en gran cantidad en alimentos de origen animal: carne, huevos, pescados.
El triptófano es el precursor directo de la serotonina.
El cerebro quizás no sea el único que manda
La ciencia aún no ha definido todas las consecuencias de estos cambios alimentarios. Pero algo ya está claro.
La serotonina no es simplemente una molécula de la felicidad producida por el cerebro.
Es una molécula digestiva, mecánica y metabólica. Depende de la presión de los alimentos en el intestino, de la actividad de los mecanorreceptores Piezo2 y de los nutrientes que consumimos.
En otras palabras, nuestro estado biológico podría estar influenciado mucho más por la mecánica de nuestra digestión que por nuestros pensamientos.
Y si el 95 % de la serotonina proviene del intestino, entonces una pregunta se vuelve difícil de ignorar.
¿Realmente estamos guiados por nuestro cerebro… o por la forma en que comemos?
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