por Laurent Glatz – para Athletic Carnivore
Un infarto menor. Una coronariografía. Un stent considerado sin que la paciente hubiera sido informada previamente. La anécdota podría parecer marginal. No lo es. Revela un punto ciego de la medicina contemporánea: el consentimiento informado se ha convertido en una fórmula ritual, más que en un verdadero proceso de educación y decisión compartida.
En una intervención titulada «The Awkward Question Every Patient Should Ask Their Doctor», el Dr. Paul Mason repasa una serie de observaciones inquietantes. Su objetivo no es desacreditar la medicina moderna. Más bien cuestiona la manera en que se presentan los beneficios reales de los tratamientos. Y sobre todo, cómo se miden esos beneficios.
El consentimiento informado se basa en un principio simple: un paciente solo puede aceptar un tratamiento si comprende sus riesgos y beneficios. En la práctica, los riesgos suelen mencionarse, a veces de forma rápida, otras veces diluidos en fórmulas legales. Los beneficios, en cambio, se presentan como un hecho adquirido. Son pocas las consultas en las que se examina, con cifras en mano, qué cambia realmente el tratamiento en términos de supervivencia.
Sin embargo, la pregunta central debería ser: ¿este tratamiento me permitirá vivir más tiempo o mejor?
Marcadores intermedios: un número no siempre es un beneficio
Para responder a esta pregunta, primero hay que saber en qué datos apoyarse. La medicina contemporánea utiliza frecuentemente «marcadores intermedios», llamados surrogate markers. Una reducción del colesterol. Una disminución de la presión arterial. Una mejora en un parámetro biológico. Estos indicadores se suponen reflejan un beneficio clínico. Pero no son, por sí mismos, pruebas de prolongación de la vida.
El ejemplo de la aspirina, ampliamente discutido por el Dr. Mason, ilustra esta discrepancia. Durante décadas, se recomendó para la prevención cardiovascular primaria. Luego, algunos grandes estudios mostraron la ausencia de beneficio significativo sobre la mortalidad global, al tiempo que destacaban un aumento del riesgo de efectos secundarios hemorrágicos. En prevención secundaria, tras un infarto, el argumento es más matizado. Pero cuando se aíslan los ensayos aleatorizados controlados que evalúan la mortalidad por todas las causas, los beneficios parecen más limitados de lo que se cree, y a veces restringidos a períodos muy cortos.
Riesgo relativo, riesgo absoluto: la diferencia que lo cambia todo
La diferencia entre riesgo relativo y riesgo absoluto añade una capa de complejidad. Decir que un tratamiento reduce un riesgo en un 50 % puede parecer espectacular. Pero si el riesgo inicial pasa del 2 % al 1 %, la reducción absoluta es solo de 1 punto porcentual. La presentación estadística influye poderosamente en la percepción. Por eso, el consentimiento informado exige una traducción comprensible de las cifras.
Stents, tratamientos y supervivencia real
El caso de los stents coronarios plantea interrogantes similares. Ensayos aleatorizados que comparan stent y tratamiento médico óptimo en pacientes estables no han mostrado una reducción significativa de la mortalidad global. Sin embargo, la práctica sigue siendo común. No porque el procedimiento sea inútil en todas las situaciones, sino porque la indicación precisa, el contexto clínico y las expectativas del paciente no siempre se discuten con la rigurosidad metodológica que exigiría un verdadero diálogo.
La misma lógica aplica para algunos tratamientos hipolipemiantes recientes, cuya eficacia en parámetros biológicos está demostrada, pero cuyo impacto en la mortalidad global sigue siendo debatido. La cuestión no es negar su utilidad potencial. Es distinguir claramente entre la mejora de un marcador y la prolongación de la vida.
La pregunta simple que pone la decisión en el centro
El Dr. Mason propone una formulación voluntariamente simple, casi incómoda. Frente a una propuesta terapéutica, el paciente podría preguntar: ¿puede proporcionarme el estudio experimental, idealmente aleatorizado y controlado con placebo, relevante para mi perfil, que demuestre que este tratamiento reduce mi mortalidad por todas las causas o mejora mi supervivencia?
La solicitud puede parecer incómoda. Sin embargo, es legítima. No cuestiona la competencia del médico. Recuerda que el papel del médico, en el sentido etimológico del término, es también el de educador. Informar no significa imponer. Exponer la incertidumbre no significa debilidad. La literatura científica misma está a menudo atravesada por zonas grises, poblaciones subrepresentadas y resultados contradictorios.
Reconocer esta incertidumbre es una muestra de madurez médica. En muchos casos, los datos son insuficientes o incompletos para ciertos grupos específicos. En lugar de ocultar esta realidad, se trata de compartirla. El paciente se convierte entonces en socio de la decisión, no en un simple ejecutor.
Volver al objetivo real del tratamiento
No se trata de fomentar la desconfianza sistemática. La medicina moderna ha transformado la esperanza de vida y el manejo de urgencias. Pero la acumulación de recomendaciones, protocolos y guías no exime de una reflexión crítica. Un tratamiento puede modificar un número sin cambiar el destino. También puede mejorar la calidad de vida sin prolongar la existencia. Estas diferencias importan.
La pregunta que todo paciente debería hacer no es una provocación. Es una invitación a volver a lo esencial. ¿Cuál es el objetivo real del tratamiento? ¿Cuál es la probabilidad absoluta de beneficio? ¿Cuál es la probabilidad absoluta de riesgo? ¿Los datos se refieren a pacientes comparables a mí?
En un sistema de salud a menudo apresurado, donde las consultas están cronometradas, esta exigencia puede parecer poco realista. Sin embargo, está en el corazón de la ética médica. El consentimiento informado no es un formulario firmado. Es una conversación honesta sobre lo que la ciencia sabe, lo que ignora y lo que el paciente está dispuesto a aceptar.
La medicina no pierde nada con esta transparencia. Quizás gane lo más valioso: la confianza informada.
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